En los bares pasan muchas cosas, se conocen muchas personas, y la cultura ha retratado de diferentes maneras los personajes y situaciones que pueden darse en sitios como estos. Muchas veces caen en los clichés, y da la impresión de que si vas a un bar, solo puedes resultar vomitando, coqueteando, o peleando con alguien. No son mis casos.
El otro día reencontré en un bar a un metalero artesano con el que un amigo tuvo un altercado en alguna borrachera. Ni el personaje en cuestión ni mi amigo hicieron nada para terminar de pelea, pero muchas personas van a los bares para vivir ese tipo de cosas, y no soy yo nadie para juzgarlos.
Sin embargo tuve la oportunidad de sentarme a tomar con el mencionado melenudo, unos 20 años mayor que yo, y me refirió la siguiente historia:
"Un metalero, así como usted o yo, mechudo, jeans rotos, tatuajes de Iron Maiden y cara de muerto, subió un día a un bus de Bogotá, para visitar a su compañera sentimental en el hospital. La razón no era otra más que una complicación en el parto, que lo obligó a hacerse cargo del bebé mientras su esposa se recuperaba.
Tres meses, sin registrar, cabello rizado y los ojos aún sin acostumbrarse al mundo, la piel sin acostumbrarse al frío. Así era su hijo, que llevaba en los brazos el metalero cuando subió al bus repleto de gente. Le daba esperanzas, ganas de salir adelante a pesar de las adversidades. Sería el mejor padre del mundo, aunque su familia y el mundo pensara lo contrario sólo por su estilo de vida.
Una mujer de cierta edad, de las que suponemos maduras no más verlas, se compadeció del bebé, y ofreció al mechudo cargarle el bebé mientras se bajaba. Este aceptó gustoso, y se sintió bien al ver que la gente podía ayudarle aún cuando luciera distinto a los demás. Este podría ser aún un mundo hermoso.
Después de una media hora de estar perdido en sus pensamientos, vio que llegaba la hora de bajarse, y agradeció a la mujer llevar al bebé, pidiéndolo de vuelta. La mujer lo miró extrañada, y volteó su cara ignorándolo. Al no entender qué sucedía, el metalero volvió a pedir a su hijo de vuelta, pero la mujer comenzó a gritar pidiendo auxilio.
Las personas que estaban al rededor, algunos durmiendo otros conversando o escuchando música, se fijaron entonces en la escena. Un mechudo degenerado intentaba robarle el bebé a una noble señora indefensa. Todos se alborotaron, cogieron a golpes al metalero, que intentaba con su vida misma abrirse paso entre la gente para llegar a su bebé. El bus paró, y las personas sacaron al hombre del bus a punta de patadas y puños. La última vez que vio a su bebé, despertaba en los brazos de una extraña."
Pasada la media noche, me despedí de mi compañero de mesa y cerveza, y salí del bar. Antes de pasar por la puerta, me volví para verlo de nuevo. Un mechudo con jeans rotos, tatuajes de Iron Maiden y cara de muerto, con los ojos más secos que una peña quizás porque hasta el océano tiene un límite.

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