miércoles, 26 de diciembre de 2012

2. Luna ilegal

La luna no sabe a queso. Muchos lo sospechan, pero yo lo sé. La luna es un objeto redondo y brillante que acompaña las más de las noches terrestres de hombres solitarios que miran al cielo como buscando señales sin buscar nada, en realidad.

Un círculo caprichoso, por lo demás. No sólo es cambiante según complicados ciclos mensuales, ocultando su rostro a nuestra vista, sino que opacas nubes le cubren cuando por fin se deja ver. ¡Y qué tristes son las noches sin luna! Levantar la mirada al cielo esperando enterarse de la forma que decidió tomar esa noche, y no ver nada, suele ser algo frustrante. Hay gente que sí  sabe leer los tiempos de la luna, pero yo no logro aprenderlo.

También hay gente que ha ido a la luna. Cuando lo supe, se me quitaron las ganas de ir, y busqué trabajo. Después de un corto tiempo, decidí renunciar, y retomar a la luna como  destino final. Al fin y al cabo, Neil Armstrong llegó en cohete, una manera bastante poco creativa de  viajar, en mi concepto.

Yo a la luna voy a pie, demóreme lo que me demore. Salí hace 25 años y aún se ve lejos. Pero en una de esas noches en que la luna salía de buen humor, y las nubes se escondían tras las montañas para tomar de sorpresa a la ciudad en la mañana, una migaja de luna cayó a unos metros de donde yo estaba. Así, brillante como se veía, pensé en qué se debía hacer con un pedazo de luna. ¿Guardarla de recuerdo? se podría perder, o me la podrían robar. ¿Venderla a la NASA? Sería hacerles dinero durante años, mientras yo me quedo sin luna. ¿Regalarla? Hay cosas que no se regalan, como un pedazo de luna que cae a tus pies. Me la tragué.

Barriga llena, corazón contento; la luna no sabe a queso, muchos lo sospechan, yo lo sé. Es más bien como una droga. Si las autoridades supieran esto, la luna sería ilegal en la tierra. Sería ilegal llevarla,  ilegal comerla, ilegal amarla.  Ilegal con su carácter caprichoso, con sus inseguridades de luna, con su manera tierna y terrible de mirarme desde allá arriba; ilegal su cuerpo que me llama, ilegales sus labios y sus palabras de luna; ilegal, pero bella. Al fin y al cabo, después de tantos años no renunciamos a mirar al cielo y ver su belleza, hombres solitarios que miramos al cielo como buscando señales sin buscar nada, en realidad.

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