Estarse quejando es terrible. Las quejas me cansan aún cuando son las mías, y vaya que me quejo seguido. Esa es una de las razones por las que constantemente me harto de mi, y procuro vaciar mi ser de todo lo que pueda recordarme mi existencia. Por eso sólo voy a realizar algunas anotaciones básicas antes de seguir:
1. Mis padres me regalaron la vida, y el mundo entero me lo vive recordando. Lo que nadie quiere recordar es que con la vida me condenaron también a la muerte. Y la muerte da miedo, por más que intente convencerme de que es normal, o que incluso puede ser un descanso delicioso, la única salida real a este cuarto encerrado llamado vida.
2. El problema no es la vida, esa es otra mentira que me creí un tiempo. La vida es buena, incluso con la muerte esperándome al final. Pero no sólo tengo que vivir sin consulta alguna, sino que además tengo que acogerme a un mundo ya creado, con reglas que estableció quién sabe quién, y tengo responsabilidades con ese mundo que tampoco yo creé. Me veo obligado a estudiar, trabajar, aprender a sumar y restar, ganarme el pan, vivir en un edificio grande o pequeño, ganarme cosas, hacerlas respetar, y respetar las de los demás.
Porque aquí todo es de alguien, no sé por qué. ¿No hay un lugar sobre la tierra que no tenga dueño? No quiero ser el dueño de ese lugar. Lo que me gustaría es poder estar ahí, y saber que, así como ese lugar no tiene dueño, yo tampoco lo tengo. Pero mientras permanezco en este mundo de propiedades y propietarios, sigo teniendo la sensación de que tengo un precio y soy negociable. Al menos quisiera saber quién es mi dueño, para preguntarle porqué ni siquiera cuida sus cosas.
3. Mis quejas son inútiles. Eso lo tengo claro. Ninguna marcha, ninguna página web, ningún grito, por fuerte que haya sido, ha logrado realmente que las cosas cambien. Nada libera como la muerte. Pero suicidarse es más tonto aún que estar callado. Porque la muerte igual vendrá. Todos sabemos, pero poco lo pensamos, que estamos rodeados de futuros cadáveres, que cada par de ojos que vemos, cada persona con la que hablamos, dentro de mucho o poco será inmundicia, alimento de gusanos, abono de la tierra, y si tienen suerte, un recuerdo.
Vendrá, eso es seguro. Entonces no entiendo porqué sigo teniendo miedo al futuro. Miedo a no tener en qué caerme muerto, como si en mi deceso fuera a sentir la diferencia entre una gran cama acolchada y la tierra húmeda de alguna montaña, o el frío pavimento de la calle. Y ese miedo me hace seguir, seguir buscando tener lo que sé que no podrá ser mío, porque nunca tuvo dueño, y nunca lo tendrá. Matarse sería tonto, desaprovechando la única oportunidad de vivir que tengo. Pero también son tontos mis miedos, porque me hacen esperar la muerte sin vivir.
El día que por fin nuestra demencia estalle, y nos quite la venda que nos tapa los ojos, el mundo estará desnudo ante nuestros ojos, y veremos el tiempo que no tenemos, el mundo que nos aloja sólo un instante. La vida que nos ha sido entregada, con todo y muerte, buena o mala, como el más grande regalo que nadie pudiera dar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario