jueves, 27 de diciembre de 2012

5. Cinco pasos.

Son cinco, cinco pasos los que me toma caer de nuevo en el mismo hoyo. Cinco pisadas, cinco momentos, corto conteo para la estupidez. Dicen que el único animal que comete dos veces el mismo error es el ser humano, pero nosotros, los baches de la evolución, también caemos.

Nací en hogar católico, y a los quince años decidí ser cristiano en contra de toda mi familia. Cuando era católico, ansiaba vivir la unción de los enfermos. Después, de cristiano, deseé orar con canas al señor (¿Qué señor?). Ahora que no sé qué soy, porque ni del nombre "ateo" me puedo apropiar a pesar de que no veo dioses en ninguna parte, estoy plenamente convencido de que "la única constante es el cambio". Pensé en escribir que los cambios se podían dar en reversa, pero me parece que tampoco es posible.

El problema es que anhelamos los tiempos pasados. Esos tiempos de fácil autoengaño que nos hacía estúpidos y felices. ¿A quién se le puede juzgar por querer ser feliz? Y si ese sentimiento del "tiempo pasado fue mejor" persiste, y sí que lo hace, ¿Cómo juzgar a alguien por querer, de vez en cuando, volver a ser el sonriente ignorante que alguna vez fue?

Pero, como dice Borges, "Sólo una cosa no hay. Es el olvido." Y cada vez que doy cinco pasos, y vuelvo a caer en el mismo hueco, sé que no es la primera vez que pasa, y sé lo mucho que me costó sacar el pie la segunda vez, y que la tercera tuve que dejar allí mi zapato. Todos sabemos las leyes del camino: no se cierra un hueco sin abrir otro. Y la tierra ausente trae al presente el antiguo hoyo, lleno ahora.

¡Qué estúpido es todo esto! No hay como moverse. No hay como abrir nuevos huecos. Pero si un día abres sin darte cuenta un hoyo que alguna vez tapaste, has de saber, querido escritor que vomitas estas palabras, que ese ya no es el mismo hueco, y no lo será nunca, incluso si  no lo tapaste nunca.

Es imposible no seguir adelante. Te puedes devolver en el espacio, pero nunca en el tiempo, y esa puede ser una buena razón para caminar: el tiempo corre, y es corto para vivir, andar aunque sean cinco pasos, volver a tropezar, y seguir. Y es que sigues adelante así no quieras. Entonces mejor es querer.

¡Ea, pues! ¡A andar!






4. Historia en un bar

En los bares pasan muchas cosas, se conocen muchas personas, y la cultura ha retratado de diferentes maneras los personajes y situaciones que pueden darse en sitios como estos. Muchas veces caen en los clichés, y da la impresión de que si vas a un bar, solo puedes resultar vomitando, coqueteando, o peleando con alguien. No son mis casos.

El otro día reencontré en un bar a un metalero artesano con el que un amigo tuvo un altercado en alguna borrachera. Ni el personaje en cuestión ni mi amigo hicieron nada para terminar de pelea, pero muchas personas van a los bares para vivir ese tipo de cosas, y no soy yo nadie para juzgarlos.

Sin embargo tuve la oportunidad de sentarme a tomar con el mencionado melenudo, unos 20 años mayor que yo, y me refirió la siguiente historia:

"Un metalero, así como usted o yo, mechudo, jeans rotos, tatuajes de Iron Maiden y cara de muerto, subió un día a un bus de Bogotá, para visitar a su compañera sentimental en el hospital. La razón no era otra más que una complicación en el parto, que lo obligó a hacerse cargo del bebé mientras su esposa se recuperaba.

Tres meses, sin registrar, cabello rizado y los ojos aún sin acostumbrarse al mundo, la piel sin acostumbrarse al frío. Así era su hijo, que llevaba en los brazos el metalero cuando subió al bus repleto de gente.  Le daba esperanzas, ganas de salir adelante a pesar de las adversidades. Sería el mejor padre del mundo, aunque su familia y el mundo pensara lo contrario sólo por su estilo de vida.

Una mujer de cierta edad, de las que suponemos maduras no más verlas, se compadeció del bebé, y ofreció al mechudo cargarle el bebé mientras se bajaba. Este aceptó gustoso, y se sintió bien al ver que la gente podía ayudarle aún cuando luciera distinto a los demás. Este podría ser aún un mundo hermoso.

Después de una media hora de estar perdido en sus pensamientos, vio que llegaba la hora de bajarse, y agradeció a la mujer llevar al bebé, pidiéndolo de vuelta. La mujer lo miró extrañada, y volteó su cara ignorándolo. Al no entender qué sucedía, el metalero volvió a pedir a su hijo de vuelta, pero la mujer comenzó a gritar pidiendo auxilio.

Las personas que estaban al rededor, algunos durmiendo  otros conversando o escuchando música, se fijaron entonces en la escena. Un mechudo degenerado intentaba robarle el bebé a una noble señora indefensa. Todos se alborotaron, cogieron a golpes al metalero, que intentaba con su vida misma abrirse paso entre la gente para llegar a su bebé. El bus paró, y las personas sacaron al hombre del bus a punta de patadas y puños. La última vez que vio a su bebé, despertaba en los brazos de una extraña."

Pasada la media noche, me despedí de mi compañero de mesa y cerveza, y salí del bar. Antes de pasar por la puerta, me volví para verlo de nuevo. Un  mechudo con jeans rotos, tatuajes de Iron Maiden y cara de muerto, con los ojos más secos que una peña quizás porque hasta el océano tiene un límite.

3. El más grande regalo que nadie pudiera dar.

Estarse quejando es terrible. Las quejas me cansan aún cuando son las mías, y vaya que me quejo seguido. Esa es una de las razones por las que constantemente me harto de mi, y procuro vaciar mi ser de todo lo que pueda recordarme mi existencia. Por eso sólo voy a realizar algunas anotaciones básicas antes de seguir:

1. Mis padres me regalaron la vida, y el mundo entero me lo vive recordando. Lo que nadie quiere recordar es que con la vida me condenaron también a la muerte. Y la muerte da miedo, por más que intente convencerme de que es normal, o que incluso puede ser un descanso delicioso, la única salida real a este cuarto encerrado llamado vida.

2. El problema no es la vida, esa es otra mentira que me creí un tiempo. La vida es buena, incluso con la muerte esperándome al final. Pero no sólo tengo que vivir sin consulta alguna, sino que además tengo que acogerme a un mundo ya creado, con reglas que estableció quién sabe quién, y tengo responsabilidades con ese mundo que tampoco yo creé. Me veo obligado a estudiar, trabajar, aprender a sumar y restar, ganarme el pan, vivir en un edificio grande o pequeño, ganarme cosas, hacerlas respetar, y respetar las de los demás.

Porque aquí todo es de alguien, no sé por qué. ¿No hay un lugar sobre la tierra que no tenga dueño? No quiero ser el dueño de ese lugar. Lo que me gustaría es poder estar ahí, y saber que, así como ese lugar no tiene dueño, yo tampoco lo tengo. Pero mientras permanezco en este mundo de propiedades y propietarios, sigo teniendo la sensación de que tengo un precio y soy negociable. Al menos quisiera saber quién es mi dueño, para preguntarle porqué ni siquiera cuida sus cosas.

3. Mis quejas son inútiles. Eso lo tengo claro. Ninguna marcha, ninguna página web, ningún grito, por fuerte que haya sido, ha logrado realmente que las cosas cambien. Nada libera como la muerte. Pero suicidarse es más tonto aún que estar callado. Porque la muerte igual vendrá. Todos sabemos, pero poco lo pensamos, que estamos rodeados  de futuros cadáveres, que cada par de ojos que vemos, cada persona con la que hablamos, dentro de mucho o poco será inmundicia, alimento de gusanos, abono de la tierra, y si tienen suerte, un recuerdo.

Vendrá, eso es seguro. Entonces no entiendo porqué sigo teniendo miedo al futuro. Miedo a no tener en qué caerme muerto, como si en mi deceso  fuera a sentir la diferencia entre una gran cama acolchada y la tierra húmeda de alguna montaña, o el frío pavimento de la calle. Y ese miedo me hace seguir, seguir buscando tener lo que sé que no podrá ser mío, porque nunca tuvo dueño, y nunca lo tendrá. Matarse sería tonto, desaprovechando la única oportunidad de vivir que tengo. Pero también son tontos mis miedos, porque me hacen esperar la muerte sin vivir.

El día que por fin nuestra demencia estalle, y nos quite la venda que nos tapa los ojos, el mundo estará desnudo ante nuestros ojos, y veremos el tiempo que no tenemos, el mundo que nos aloja  sólo un instante. La vida que nos ha sido entregada, con todo y muerte, buena o mala, como el más grande regalo que nadie pudiera dar.


miércoles, 26 de diciembre de 2012

2. Luna ilegal

La luna no sabe a queso. Muchos lo sospechan, pero yo lo sé. La luna es un objeto redondo y brillante que acompaña las más de las noches terrestres de hombres solitarios que miran al cielo como buscando señales sin buscar nada, en realidad.

Un círculo caprichoso, por lo demás. No sólo es cambiante según complicados ciclos mensuales, ocultando su rostro a nuestra vista, sino que opacas nubes le cubren cuando por fin se deja ver. ¡Y qué tristes son las noches sin luna! Levantar la mirada al cielo esperando enterarse de la forma que decidió tomar esa noche, y no ver nada, suele ser algo frustrante. Hay gente que sí  sabe leer los tiempos de la luna, pero yo no logro aprenderlo.

También hay gente que ha ido a la luna. Cuando lo supe, se me quitaron las ganas de ir, y busqué trabajo. Después de un corto tiempo, decidí renunciar, y retomar a la luna como  destino final. Al fin y al cabo, Neil Armstrong llegó en cohete, una manera bastante poco creativa de  viajar, en mi concepto.

Yo a la luna voy a pie, demóreme lo que me demore. Salí hace 25 años y aún se ve lejos. Pero en una de esas noches en que la luna salía de buen humor, y las nubes se escondían tras las montañas para tomar de sorpresa a la ciudad en la mañana, una migaja de luna cayó a unos metros de donde yo estaba. Así, brillante como se veía, pensé en qué se debía hacer con un pedazo de luna. ¿Guardarla de recuerdo? se podría perder, o me la podrían robar. ¿Venderla a la NASA? Sería hacerles dinero durante años, mientras yo me quedo sin luna. ¿Regalarla? Hay cosas que no se regalan, como un pedazo de luna que cae a tus pies. Me la tragué.

Barriga llena, corazón contento; la luna no sabe a queso, muchos lo sospechan, yo lo sé. Es más bien como una droga. Si las autoridades supieran esto, la luna sería ilegal en la tierra. Sería ilegal llevarla,  ilegal comerla, ilegal amarla.  Ilegal con su carácter caprichoso, con sus inseguridades de luna, con su manera tierna y terrible de mirarme desde allá arriba; ilegal su cuerpo que me llama, ilegales sus labios y sus palabras de luna; ilegal, pero bella. Al fin y al cabo, después de tantos años no renunciamos a mirar al cielo y ver su belleza, hombres solitarios que miramos al cielo como buscando señales sin buscar nada, en realidad.

1. Una huella en el agua.

Escribir sobre uno mismo y para uno mismo podría parecer egocéntrico, pero no carece de sentido cuando se ve tan oscuro dentro de nosotros como afuera. Algunas preguntas nacen allá, otras aquí mismo, las más tienen por respuesta otra pregunta. Pero no deja de ser útil, si se puede considerar útil algo dentro del corto lapso de tiempo en el que tienes que preguntarte qué haces aquí, decidir qué hacer entre tanto, y finalmente hacerlo procurando disfrutar lo más y arrepentirte lo menos.

Escribir es entonces una evaluación constante y una proyección sobre la nada, sobre el futuro que tan incierto demuestra ser al comparar el presente con las expectativas del pasado.

A los once años escribí una nota para un yo futuro, exponiendo las preocupaciones del niño que ve la adultez poco a poco invadiéndole  Muchos años después me contestaría al encontrar de nuevo la hoja, diciéndome que la dichosa adultez no acababa de llegar, pero que mantenía su promesa de venir un día. Empiezo a sospechar que no vendrá nunca, que seré primero viejo, primero polvo, primero nada, antes que convertirme en lo que muchos aseguran que son.

No es que me crea diferente a los demás, no es ese complejo rancio de conservar el niño que llevamos  dentro. Más bien creo que hay los que no aceptan que la madurez no llega, no acaba de llegar, no llegará nunca, pero siempre nos mantendrá amenazados, chantajeados con responsabilidades que se hacen cumplir porque es lo que se supone que hagamos, y estaría muy mal visto que no vayamos al ritmo que la selva espera de nosotros.

Escribir es algo que se estaba perdiendo, o mejor, una costumbre que dentro de nuestro entorno social era prohibido voluntariamente. Mis padres nunca escribieron sobre sí mismos por falta de tiempo, de costumbre,  de herramientas, y quizás un poco por falta de alfabetización.

Pero hoy en día tengo la posibilidad de hacer lo que en un sueño hice: escribir en una gran nube cambiante,  una huella que no permanecerá mucho tiempo, cuyo testimonio se limita al tiempo de la acción. Una huella que promete no ser testiga de nada. Una huella en el agua.