Soy la persona más lenta que conozco. En cada cosa que hago me demoro demasiado, y mis tiempos no van con los de los demás. Diez y ocho meses estuve en el vientre de mi madre, y mi parto duró tres semanas con sus días y sus noches. Cuando di mi primer paso, duré 20 minutos en un solo pie antes de aterrizar el segundo en el suelo. El día que entré a estudiar mis profesores eran novatos, y mientras yo terminaba mis estudios ellos se estaban pensionando. Solo en una cosa soy muy veloz: en enamorarme. Y sin embargo, para cuando puedo expresarlo, el amor se ha convertido en rutina, la rutina en despecho y el despecho en amistad. Así que creo que tampoco vale. No sé por qué soy tan lento, quizás me gusta admirar cada instante con demasiada atención. Y bueno, ya me voy, porque llevo unos buenos años escribiendo estas palabras, la vejez ya me asecha y con suerte la muerte me recibirá despacito despacito, como buena amiga en su lecho, ella que sí tiene todo el tiempo del mundo.
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