¡Qué poco tiempo queda ahora para salir a caminar, y solo pensar!
¡Qué poco tiempo queda ahora incluso para los amigos!
Y por fin, entre los afanes del día a día, fui de visita a casa de uno
de esos parceros, porque se le debe, porque hoy es importante verlo,
porque a veces debo por lo menos intentar ser un buen amigo.
Pero mi falta de entrenamiento en esto de visitar me ha hecho llegar
con mucho tiempo de anticipación al lugar en que me recogerá,
el Colsubsidio de Ciudad Verde, y como odio estar quieto no me
queda de otra sino caminar sin sentido, caminar yo y darle piernas a
mis pensamientos para que caminen a mi lado, o por su lado si así lo prefieren.
¡Qué poco tiempo queda ahora incluso para los amigos!
Y por fin, entre los afanes del día a día, fui de visita a casa de uno
de esos parceros, porque se le debe, porque hoy es importante verlo,
porque a veces debo por lo menos intentar ser un buen amigo.
Pero mi falta de entrenamiento en esto de visitar me ha hecho llegar
con mucho tiempo de anticipación al lugar en que me recogerá,
el Colsubsidio de Ciudad Verde, y como odio estar quieto no me
queda de otra sino caminar sin sentido, caminar yo y darle piernas a
mis pensamientos para que caminen a mi lado, o por su lado si así lo prefieren.
Ciudad Verde es de esos nuevos lugares en Soacha que le agregan
una pieza más a este extraño municipio que tanto amo, a esta colcha
de retazos desiguales, unos en las lomas, otros en los campos, unos
planificados, otros improvisados, pero todos siempre apuntando hacia el sur.
Ciudad Verde es enorme, se me antoja infinita. Gigantescos edificios de
incontables apartamentos se extienden en todos los sentidos hasta donde
la vista puede dar, y me recuerdan al Proceso de Welles,
un escenario kafkiano, o las infinitas oficinas de una película de Billi Wilder.
Me siento perdido en un lugar tan grande, y siento que todas las calles
son parecidas, me da un poco de vértigo intentar ubicarme y lo mejor es
dejarme llevar. Hay una tranquilidad extraña en este sitio, los espacios
son muy abiertos, cosa extraña en el sur, pero se puede entender al
ver las rejas que encierran los lugares de vivienda, que me hacen pensar
en los guetos de judíos en esos oscuros tiempos del siglo XX.
una pieza más a este extraño municipio que tanto amo, a esta colcha
de retazos desiguales, unos en las lomas, otros en los campos, unos
planificados, otros improvisados, pero todos siempre apuntando hacia el sur.
Ciudad Verde es enorme, se me antoja infinita. Gigantescos edificios de
incontables apartamentos se extienden en todos los sentidos hasta donde
la vista puede dar, y me recuerdan al Proceso de Welles,
un escenario kafkiano, o las infinitas oficinas de una película de Billi Wilder.
Me siento perdido en un lugar tan grande, y siento que todas las calles
son parecidas, me da un poco de vértigo intentar ubicarme y lo mejor es
dejarme llevar. Hay una tranquilidad extraña en este sitio, los espacios
son muy abiertos, cosa extraña en el sur, pero se puede entender al
ver las rejas que encierran los lugares de vivienda, que me hacen pensar
en los guetos de judíos en esos oscuros tiempos del siglo XX.
Camino lentamente por los anchos andenes, y observo la gente caminar como yo.
Ellos van de afán, y poco se fijan en su rededor, tienen algo qué hacer y tienen
el tiempo medido, así me debo ver yo todos los días. Debo aún caminar una larga
manzana de edificios para llevar al chacero que diviso en lo lejano, camino despacio
observando el cielo que empieza a adquirir los colores de una tarde sosegada.
Cuando llego por fin al vendedor, un venezolano como muchos que se rebuscan
la vida en este sector, compro dos cigarrillos. Pensando en este lugar de belleza
tan extraña olvido recibir las vueltas, y el venezolano casi preocupado me lo hace
notar. Este es de los míos, pienso, está jodido pero es honrado.
Ellos van de afán, y poco se fijan en su rededor, tienen algo qué hacer y tienen
el tiempo medido, así me debo ver yo todos los días. Debo aún caminar una larga
manzana de edificios para llevar al chacero que diviso en lo lejano, camino despacio
observando el cielo que empieza a adquirir los colores de una tarde sosegada.
Cuando llego por fin al vendedor, un venezolano como muchos que se rebuscan
la vida en este sector, compro dos cigarrillos. Pensando en este lugar de belleza
tan extraña olvido recibir las vueltas, y el venezolano casi preocupado me lo hace
notar. Este es de los míos, pienso, está jodido pero es honrado.
¿Y qué es lo que me ha hecho olvidar las vueltas? Una de las cosas que más amo
de Suacha: un atardecer. Los atardeceres aquí son de esos que persiguen los
fotógrafos con afán, esos que persiguen los pintores sin nunca alcanzarlos,
esos que Cortázar aconsejaba filmar. Los colores del cielo cuando el día se
agota en la tierra del sol, son incontables, incontenibles, inconcebibles.
Y ahí están, una vez más frente a mi, pero nunca había visto el atardecer desde
Ciudad Verde. Los edificios parecen inclinarse al sol, como despidiéndose y
rogando que al otro día los vuelva a iluminar. La iluminación pública gana el
pulso a la oscuridad, y todo adquiere un tono amarillo y naranja.
En ese momento encuentro a mi amigo.
de Suacha: un atardecer. Los atardeceres aquí son de esos que persiguen los
fotógrafos con afán, esos que persiguen los pintores sin nunca alcanzarlos,
esos que Cortázar aconsejaba filmar. Los colores del cielo cuando el día se
agota en la tierra del sol, son incontables, incontenibles, inconcebibles.
Y ahí están, una vez más frente a mi, pero nunca había visto el atardecer desde
Ciudad Verde. Los edificios parecen inclinarse al sol, como despidiéndose y
rogando que al otro día los vuelva a iluminar. La iluminación pública gana el
pulso a la oscuridad, y todo adquiere un tono amarillo y naranja.
En ese momento encuentro a mi amigo.
Callejear con un amigo es otra cosa. Las palabras salen a caminar también, la
conversación avanza sin que uno se dé cuenta, y uno avanza sin que la
conversación tampoco lo note. Nos paramos en un parque, y fumo un cigarrillo
mientras mi amigo me explica algunas zonas importantes en el sector, que para
mi sigue siendo indescifrable. El viento corre libre y feliz entre las grandes calles,
y el frío pesa cada vez más. Solo un par de polas hacen falta para completar
el cuadro, y surgen como convocadas por las palabras que están secas de caminar.
conversación avanza sin que uno se dé cuenta, y uno avanza sin que la
conversación tampoco lo note. Nos paramos en un parque, y fumo un cigarrillo
mientras mi amigo me explica algunas zonas importantes en el sector, que para
mi sigue siendo indescifrable. El viento corre libre y feliz entre las grandes calles,
y el frío pesa cada vez más. Solo un par de polas hacen falta para completar
el cuadro, y surgen como convocadas por las palabras que están secas de caminar.
Mi tiempo libre ha terminado, y me dirijo de nuevo a casa. Desde el bus veo
las calles, edificios, vendedores y luces retroceder, como una película que
se devuelve. En el bus todo se va más rápido, y devolverse es imposible.
En esa pantalla que es la ventana veo mi caminata como si fuera un titular,
el resumen de una noticia, hay cosas que solo se pueden vivir caminando,
y hay momentos que solo se pueden revivir escribiendo.
las calles, edificios, vendedores y luces retroceder, como una película que
se devuelve. En el bus todo se va más rápido, y devolverse es imposible.
En esa pantalla que es la ventana veo mi caminata como si fuera un titular,
el resumen de una noticia, hay cosas que solo se pueden vivir caminando,
y hay momentos que solo se pueden revivir escribiendo.
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