martes, 22 de agosto de 2017

La producción simbólica como trabajo de la memoria

La producción simbólica como trabajo de la memoria

Sobre el texto de Elizabeth Jelyn, los trabajos de la memoria.

¿Quién soy yo sino los recuerdos de mi pasado, y mis proyecciones en el futuro? El tema de la identidad atravesada por la memoria, y las complejidades de esta última en la construcción de la primera, es lo que plantea Elizabeth Jelin en su texto “Los trabajos de la memoria”, haciendo explícito  con este título el carácter relativo, parcial y no absoluto, de algo que en el sentido común se asume como definitivo e indudable. Quizás precisamente porque de la memoria depende nuestra identidad, tememos enfrentar que no es algo absoluto sino una construcción que se negocia día a día, que se preserva y a la vez se transforma en nuestro paso por el tiempo.

La vertiginosidad de nuestra era a la que la autora, citando a Huysen, atribuye la explosión de la “cultura de la memoria”, tiene implícita otra cuestión que refiere a la necesidad del relato del ser humano para dar sentido a su fugaz existencia en el mundo. En la lucha constante contra el olvido, en la batalla perdida contra la muerte, la memoria es una herramienta para trascender en una historia, y en ella las experiencias y perspectivas de la vida propias. Los grupos sociales también crean sentidos para sí mismos a través de la memoria, en una compleja relación individuo-sociedad que por un lado posibilita estas narrativas, y por otro las ponen en conflicto tanto entre los individuos que las componen como con otros grupos sociales. Cabe entonces preguntarse ¿Por qué medios concretos se dan esos trabajos de la memoria?

La memoria, sujeta a unos condicionamientos sociales e históricos y al individuo o grupo que la genera, reclama o legitíma sentidos del pasado con miras a las expectativas que se tienen, y al ser diferentes los intereses de los individuos y grupos sociales, se generan disputas por establecer como historia oficial, o al menos como una narrativa reconocida, la memoria propia. Estas disputas, por supuesto, no están ancladas simplemente al pasado, sino que sus efectos en el presente y el futuro proyectado implican perspectivas políticas concretas, por lo que estas luchas de creación de identidad pasan de lo anecdótico a lo militante, y el discurso que se construye para su legitimación deviene en herramienta de lucha. En ese discurso quiero llamar especialmente la atención, pues es en el plano simbólico que se da la principal batalla de la memoria.

En el capítulo 3, “Las luchas políticas por la memoria”, citando a Fernández, Jelin expone el caso de la Guerra Civil en España, en el que se plantea que a partir de la elaboración de la memoria traumática de la guerra fue posible un “olvido político” o “silencio estratégico” que permitió la construcción de un futuro. Lo que se resalta aquí es que este olvido fue posible porque  “en el plano cultural la Guerra Civil sc convirtió en el foco de atención de cineastas y músicos, de escritores y académicos” (Jelin, 2001, p.46). Es precísamente la producción simbólica la que realiza esos “trabajos” de la memoria, esa transformación que da un valor agregado a la experiencia individual o colectiva dándoles un sentido a través de la narración.



Aquí es preciso recordar lo que señala Aristóteles en su Poética: “Que por eso la poesía es más filosófica y doctrinal que la historia; por cuanto la primera considera principalmente las cosas en general; mas la segunda las refiere en particular.” (Aristóteles sf/1948). Es decir, mientras la historia intenta narrar los hechos, estableciendo las verdades parciales que se asumen como oficiales, el arte juega el papel de la representación poética de una memoria que, como señala Jelin, funciona como una lección para el futuro. Al poner en clave artística las experiencias particulares, volviendolas metáforas, las elabora como memorias de una sociedad.

Y eso por eso que la producción simbólica es uno de los principales escenarios de batalla de la memoria. Surgen relatos desde distintas visiones e intereses que son representados a partir de producciones culturales, que buscan un lugar y un reconocimiento en la sociedad, especialmente cuando son memorias no reconocidas oficialmente. El arte es entonces una de las principales armas de resistencia ante las versiones oficiales de la historia. El arte propone narrativas que se instalan en el imaginario de las sociedades, consolidando o rebatiendo una versión determinada de verdad.

De allí la importancia que se le da a la monopolización de los medios de comunicación, las industrias culturales, el uso de la censura, y en general toda forma de producción simbólica desde el poder. Y también allí radica la especial relevancia que cobra el arte y la producción simbólica en los procesos sociales que resisten a un relato hegemónico.

Sin embargo, estas formas de resistencia deben pensar su papel no sólo como formas de denuncia o resistencia al relato hegemónico, sino también su propuesta de construcción política e histórica, para no caer en la memoria literal, sino en la memoria ejemplar, en palabras de Todorov. La producción cultural y simbólica tiene entonces un deber no solo con el pasado, se crean representaciones proyectando un futuro, pues el arte crea una memoria que retoma lo particular del pasado para comprometerse con el futuro.

Luís Alexander Díaz Molina

BIBLIOGRAFÍA

JELYN, Elizabeth (2001). Los trabajos de la memoria. Siglo Veintiuno Editores, Madrid.

ARISTÓTELES (1948) Poética (José Goya y Muniain Trad.) Buenos Aires.

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