En Colombia se lleva a cabo un proceso de paz que parece prometer muchos más resultados de los que prometían los que le han precedido en este largo intento por acabar con el conflicto armado en Colombia.Una guerra que no tiene 65 años, sino que ha sido un vertimiento de sangre e injusticia a través de toda la historia del país, y cuyas raíces se pueden seguir hasta los tiempos de la abusiva e irracional invasión europea.
Tan prometedor se ha vuelto este proceso, que el país entero está convulsionado, y la política nacional ha tornado un tinte casi surreal: la extrema derecha está desesperada por desacreditar los intentos de paz; el neoliberalismo y las propuestas de izquierda encuentran por fin posiciones y objetivos comunes, y hasta trabajan de la mano; y el país entero debate una situación que a todos ha tocado.
Pero algo sigue igual: nadie quiere ceder, ni reconocer las propias faltas, sino que permanece el deseo de que se haga justicia para sí, y se obtenga el castigo para el otro.
Para que el proceso de paz sea posible, es imprescindible entender que el conflicto no es responsabilidad de una sola de las partes, que no hay buenos y malos, sino que todos hemos tenido parte y culpa en este trágico camino del país, así mismo todos hemos sido víctimas.
Y para salirnos de ese camino, es necesario en primer término, reconocer las faltas de todas las partes del conflicto, aceptar los crímenes y las barbaries de todos los sectores, incluidos gobierno, guerrillas, paramilitares, ejército, y la misma sociedad civil; y en segundo término, es imprescindible el perdón, que es un acto doloroso: el perdón implica "impunidad" en el mejor sentido de la palabra.
En el tiempo que fui un ferviente creyente de dios aprendí del cristianismo una lección que, aunque dichas creencias no hagan parte ahora de mi cosmogonía, siempre he reconocido como el aporte más valioso de la teología cristiana a la humanidad, el perdón.
Y tanto los católicos y cristianos, como los que no pertenecemos a estas religiones, tenemos algo qué aprender del cristo en un momento tan importante para el país. Porque dentro de la cosmogonía judeocristiana, Jesucristo fue capaz de perdonar faltas gravísimas, aún a costa de su propia vida, con el propósito de que los "pecadores" se arrepintieran, no fueran castigados, y de esta manera tuvieran la oportunidad de corregir sus caminos.
No implica esto que las víctimas no deben ser reparadas, por el contrario, es necesario que la justicia ejerza su función de equilibrar las balanzas que se han desequilibrado. Las heridas deben ser sanadas, el sufrimiento debe ser compensado. Porque las lágrimas derramadas nunca volverán a los corazones que les sirvieron de cuna. Pero esto no se logra a partir de la venganza y el castigo, sino de la reparación, mientras que la serpiente que se traga su propia cola sólo puede ser detenida a partir del perdón y la reconciliación.
No se trata de evangelizar un país que debe seguir siendo laico, sino de aprender una gran lección. La reconciliación tiene dos claves: la aceptación y el arrepentimiento sincero de los errores cometidos (que implica un cambio de la forma de actuar), y el perdón sincero (que implica sacrificar nuestro interés de venganza, renunciar al castigo del ofensor).
La reconciliación implica que, el que reconoce una falta, se duele de ella y la acepta como un error o un crimen, mientras el que ha sido víctima, debe dar la oportunidad de cambio a su victimario, abdicando al deseo de la venganza.
Será este acto de contrición y reconciliación entre víctimas y victimarios (y por lo tanto victimarios y víctimas), lo que abra el camino a un futuro de verdadera paz.
Y el primer paso es que todos reconozcamos que hemos sido tanto víctimas como victimarios en esta gran tragedia, cuyo final feliz puede estar al alcance de nuestro pulso, y sobre todo en nuestra sinceridad y honestidad al perdonar y pedir perdón.
El Diablo Fu
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