El reciente escándalo de la Corte Constitucional ha conmocionado a los medios. Es un tipo de reality muy exitoso en el país, secuela de Agroingreso seguro, la Parapolítica, la Yidis política, y otro sin fin de nombres rimbombantes y apropiados para una buena serie. Las ollas podridas (que en otro lugar y tiempo harían caer un rey) se vuelven el menú principal de los medios. Ellos nos lo cuentan la emoción de nuestros narradores de fútbol: cae el primer corrupto, el efecto dominó empieza, la justicia actúa, se inician escandalosos procesos que no acaban en nada, hasta que el asunto queda olvidadooooo, ¡no me diga más, no me diga más! Pero eso sí, nuestra democracia es la más antigua de América Latina.
Y los colombianos nos hacemos los sorprendidos con esta narrativa noticiosa repetida y siempre inconclusa, igual que con esas novelas baratas o programas de espectáculos que todos los días nos ofrecen lo mismo, pero que no nos cansamos de ver, porque supuestamente en esas historias nos vemos reflejados como colombianos, aquí ser abeja es una necesidad y un orgullo nacional.
Las narco-novelas que tanta polémica han generado, los cantantes que promueven una cultura violenta, las noticias terribles que día a día nos azotan como si fueran las únicas por contar, el hambre que contrasta con los grandes avances económicos de nuestro emprendedor país, y alguna que otra historia de superación o logros vanos (Jorge Duque Linares se sentiría orgulloso), para mantener mínimos vitales de patrioterismo. Y así vamos escribiendo como colombianos nuestra historia.
Todo esto nos forma la idea de que podemos salir adelante, solo que a costa del bienestar del vecino. Esa es nuestra parrilla de programación diaria, que se complementa con el tipo de educación que nos capacita en competir. Pero ¿cómo salir todos adelante cuando todos estamos en guerra? ¿Quién fue el que dijo que esa era nuestra forma de ver la vida, o por lo menos la única forma?
Esta es la narrativa actual del poder: ya no siembran miedo, sino que nos convencen de que no tenemos nada valioso, que todos estamos cortados por la misma tijera. No, no estamos cortados por la misma tijera, pero sí estamos narrados con el mismo discurso, aplicado a todos los temas, niveles y sectores.
Esto se hace claro en la forma en que el gobierno está manejando las políticas educativas actualmente: primero nos convencen con una gran campaña mediática de que somos unos ignorantes midiéndonos con índices que no corresponden a nuestra realidad ni a nuestras necesidades, para después recetarnos los mágicos remedios a nuestras grandes carencias. La ministra primero humilla a los colegios poniéndoles un número que los hace sentir el peor antro del país, y luego los pone a pelearse como los perros hambrientos por un hueso pelado. Y las instituciones educativas, al verse metidas en semejante pelea, exigen lo mismo de sus estudiantes, que ya no pensarán en aportar al bienestar común y a la sociedad, sino en lograr los mejores resultados individuales.
Y entonces se dejan de lado los conocimientos propios, la experiencia de los pedagogos que llevan tanto tiempo generando procesos educativos alternativos, las necesidades particulares del territorio, la educación que internamente se ha venido desarrollando y que ha enfrentado directamente los problemas que nos aquejan. Todo esto suena absurdo desde el punto de vista educativo, que debería estar enfocado a transformar las realidades, pero es muy inteligente desde el punto de vista de los poderes económicos que necesitan la competencia como motor de desarrollo aunque generen inevitablemente la desigualdad.
El problema es cultural, y los medios masivos junto a la educación, han jugado un papel decisivo en el imaginario que tenemos de nosotros mismos. Es hora entonces de atacar a esos poderes que dominan nuestra autoestima colectiva; los medios alternativos y la educación popular tienen la responsabilidad de narrarnos de otras maneras, de crear nuevos y diversos imaginarios, y sobre todo de lograr conectarse con la gente del común para que esos muchos imaginarios se hagan verdaderamente populares. No podemos ser una nación tan echada a perder, aunque lo diga Vallejo y tenga tanta razón, debe haber algo para rescatar.
Hay otra Colombia por narrar, y no es la Colombia "light" que nos muestran los mismos que nos dicen que somos malos. Hay que buscar los lados de la historia que no se han contado. El pensamiento de minga milenaria que ha dado sus fuertes luchas colectivamente. Las resistencias negras que llevaron a los pueblos a tierras libres, que ahora se les quiere arrebatar de nuevo. Las luchas estudiantiles y obreras que resistieron desde los campos y las ciudades sin irse a la guerra, y que mantuvieron vivos los movimientos sociales en el tormentoso siglo XX. Nuestros Jaime Garzón, nuestros Gaitán, nuestros Rafael Uribe Uribe, nuestros Manuel Quintín Lame, nuestros Agualongos, nuestros Benkos Biohó, y muchas otras historias más hasta el momento invisibles. Aquí no todo ha sido malo, y tenemos que empezar a descubrir otra imagen de nosotros mismos.
Entender que hemos tocado fondo en nuestras problemáticas sociales no nos puede arrebatar las posibilidades de ser seres humanos dignos, pueblos que se mueven y mueven la vida, pueblos que deciden el rumbo que tomará el río de la historia. No se trata de desconocer los problemas, sino de reconocer las capacidades. No podemos seguir creyendo a los medios que somos la peor cagada de dios en este gran retrete. Solo recuperando la esperanza en nosotros mismos, podremos volver a creer en utopías.
Colombia y toda Latinoamérica, necesitan recordar que tienen pontencialidades grandes y gente guerrera. Hay algo que el sur tiene, y que al norte le falta: la posibilidad de soñar un mundo mejor. Y los sueños son la pluma con que se escribe la historia.
El Diablo Fu
domingo, 29 de marzo de 2015
miércoles, 11 de marzo de 2015
Cine, amigo
En el caos de mi vida,
solo el cine da sentido.
Veo cine, luego existo.
Hago cine, luego insisto.
Porque no puedo hablar,
porque no sé hablar,
sólo el cine, amigo sin oídos,
me puede escuchar.
Invento infernal
y omnipresente,
el cine en el mundo,
el cine en mi mente...
Es lo único en que creo.
Yo le creo: sé que miente.
Menciona mi vida
y desaparece.
luego la devuelve
y más clara parece.
Cuando quiero soñar,
me lleva consigo,
si trato de huir,
me recuerda: ¡Estoy vivo!
Si reencarnación hubiera,
en el cine es contingente,
sería un celuloide
en los violentos años 20,
para incendiar una sala
plétora de gente.
Y morir bañado en luz
y morir en movimiento,
como cada film que he visto
esperando el gran momento.
En el caos de mi vida,
solo el cine da sentido.
Veo cine, luego existo.
Hago cine, luego insisto.
El Diablo Fu
El Diablo Fu
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