Generación perdida entre sus anticuadas ideas y obsoletos dogmas; convencidos de que el mundo se divide en izquierda y derecha, entre este y oeste, entre hombres y mujeres, entre caínes y abeles, ese absurdo y poderoso mito que se apoderó de nuestras mentes y cegó nuestros corazones con una excusa estúpida para matarnos entre hermanos.
Y en vez de hacernos como los niños para ver si entramos, si no al reino de los cielos, por lo menos a una sociedad más amable, elegimos atrofiarlos con nuestros males, contagiarlos de nuestro virus, imponerles nuestras penas a sus ligeros corazones.
Acaso será envidia. Quizás no soportamos ver seres que aún eligen a sus padres antes que un billete, que entienden la importancia de la comida y desprecian el oro por ser inútil para cantar, que conocen la importancia del ocio y el juego como la mejor manera de aprovechar el tiempo con los que más aman.
Tenemos envidia de la infancia, pues les negamos lo indispensable y los atiborramos de cosas que no necesitan; les enseñamos nuestros vicios, y evitamos su ardoroso amor poniendo de por medio algún aparato que los distraiga y les enseñe cómo deben comportarse en el mundo que ya existe, pues somos muy cobardes para sentarnos junto a ellos a imaginar un mundo diferente.
Generaciones perdidas, una tras otra, como olas de veneno que lamen las orillas de su propio fin, creyendo tercamente que llegarán más allá, aunque en el fondo saben que no tiene sentido, porque ya son aguas muertas.
Yo, El Diablo Fu, insisto y anhelo no cansarme de insistir: mundo, tu salvación está en el vientre de tus madres, en las cunas de tus hijos, en los salones en los que los has encerrado, de los que no los quieres dejar salir hasta que no sean más que materia prima de la destrucción. Libéralos, y libérate tú con ellos, ámalos, y ellos te amarán; arruinarlos, y serán quienes escupan sobre tu tumba.
Ojalá sean ellos, la infancia, el agua que lave la sangre de nuestras manos.
El Diablo Fu
