A las directivas, profesores y estudiantes de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional de Colombia.
Mis más afectuosos saludos a la comunidad de la que considero la mejor escuela de cine y televisión del país. Una escuela que se ha caracterizado por su producción de pensamiento y reflexión acerca del cine, y que bajo condiciones adversas como ser olvidada por las directivas de la Universidad, y estar en un edificio a todas luces inhabitable, ha demostrado ser pionera en el audiovisual en Colombia.
La temprana orfandad que supuso la desaparición de Focine a principio de los noventa dejó a la recién nacida escuela en una posición difícil, pues su función como productora de conocimiento y pensamiento cinematográfico estaba cimentada en el apoyo de esa entidad de carácter público, pagada por todos los colombianos.
Y hablo de la función de producción de conocimiento porque esa es la función de la Universidad. Nosotros somos productores de conocimiento, específicamente el cinematográfico. Y este pensamiento se desarrolla precisamente en la realización y reflexión del audiovisual. Existe un debate mundial, desde el mismo nacimiento del cine, sobre la pregunta que André Bazín lanzó al mundo: ¿Qué es el cine? Y desde temprano se vio la importancia de la academia en dicho debate: la primera escuela de cine nació en Moscú, y para todos es bien sabida la importancia del cine ruso en la evolución del cine como arte, lenguaje y productor de conocimiento sensible.
La Escuela ha sido partícipe de ese debate desde su fundación, poniendo en la academia el debate de lo que significa hacer cine, un debate que se da a través de la realización audiovisual en un programa curricular, y la reflexión de esta misma. La historia de esta escuela demuestra que con nuestros limitados recursos hemos sabido sobresalir en el paisaje del cine nacional, gracias a trabajos que cuestionan los modelos audiovisuales tradicionales, conservadores y hegemónicos de los medios poderosos en nuestro país. Y esto se da por una reflexión a nivel social y a nivel teórico del cine, que enriquece esa producción limitada en recursos, pero rica en desarrollo del pensamiento audiovisual, en propuestas y riesgo.
Desde hace varios años, una serie de reformas vienen modificando esa función de la escuela, que vienen del enfoque que las directivas le han dado a esta Universidad: el estado no entrega plata, tenemos que ser productivos y funcionar como empresa para poder continuar. El juego en el que ha caído la Universidad, ha arrastrado a la Escuela a cambiar su enfoque, a dirigir la mirada sobre un plan, una extensión y una investigación condicionadas al dinero, y no a la producción de pensamiento cinematográfico.
Mientras tanto, soportamos en silencio unas condiciones indignas para el desarrollo de la vida académica, con un edificio que se nos cae encima, salones que no logran embellecerse con los plasmas que los adornan, un reducido baño para tantas personas, entre muchos otros problemas. Y así como no decimos nada de lo que nos pasa a nosotros, no podemos decirle nada al mundo de lo que le pasa. Porque cada vez nos vemos más avocados a tener una extensión dirigida al sector privado, con las bellas intenciones de que aprendamos a seguir órdenes para que tengamos trabajo al graduarnos, y de que la escuela adquiera más recursos técnicos. ¿Para qué pensar en nuevas formas de concebir el cine? Tenemos que entrar al mercado laboral. La escuela no está formando profesionales, sino empleados. Un profesional amplía los campos del conocimiento que ejerce, no se limita a obedecer.
¿Cómo dar una reflexión seria al quehacer cinematográfico si nos limitamos al desarrollo técnico? ¿Si nos enfocamos en saber cuáles son las oportunidades de negocio en el cine, pero olvidamos la tarea creadora del arte?
¿No se supone que hay libertad de cátedra? ¿Por qué entonces decidimos desaprovechar la oportunidad de construir, y elegimos como si alguien nos dijera qué hacer? Nos dan libertad de cátedra y nuestra elección es ponernos al servicio del pensamiento audiovisual hegemónico, todo por recursos que se pueden obtener. Estamos cayendo entonces en un manejo de la escuela de carácter privatizador como el que criticamos en la propuesta de reforma a la ley 30. Nos vendemos de manera voluntaria por dinero.
No se puede decir, sin embargo, que toda la Escuela ha caído en esta dinámica. Como siempre, la sangre joven y rebelde de los estudiantes ha sido lo que ha puesto a esta escuela donde está. Como esos que formaron un proyecto de laboratorio que finalmente no quedó al servicio de nadie por falta de apoyo. Como aquellos que se pensaron formas alternativas de tener equipos de manera más accesible. Como aquellos que se quejaron en City TV por el estado en que se encontraba el edificio, aunque algunos se hayan enojado por ello. Porque inevitablemente, irremediablemente, afortunadamente, todos llegamos a la escuela con deseos inmensos de aprender, descubrir y proponer frente al lenguaje cinematográfico y la sociedad.
Exigencia es probablemente la palabra que hemos olvidado. Exigencia de parte de la Universidad en su compromiso con la Escuela. Exigencia de las directivas para defender la misión de la escuela como productora de conocimiento. Exigencia de los estudiantes que no leemos ni escribimos mucho más que nuestros propios proyectos, y de los profesores que no nos ponen a leer y a escribir.
¿Cómo habría desarrollado Einsestein su gran teoría del montaje sin saber de historia del arte, de literatura, de música, de pintura, de historia, y de su mismo contexto? ¿Cómo lo habría logrado Tarkovsky, Kurosawa, o Kubrick? El cine es un arte que dialoga con su tiempo, y con muchos otros tiempos. No se puede ver aislado de su contexto, ni pensarse como un simple reproductor de cultura, sino como un creador de la misma. Mucho más en la academia, que es responsable de la producción del conocimiento.
Retomemos entonces la exigencia, hacia dentro, pero también hacia afuera. Exijamos que se defienda la Escuela de Cine y Televisión como una academia pública, que genera conocimiento para la sociedad, exijamos que como escuela pública tengamos el apoyo que necesitamos, y que nos garantice la independencia de la producción de conocimiento. De esta manera podremos pensar un cine como arte, que evoluciona, que propone cada vez cosas distintas, nuevas, en relación con la sociedad a la que siempre se dirige.
Allá afuera hay un país que necesita liberarse de los medios que los han acostumbrado a ver miserias audiovisuales. No nos conformemos a condicionar nuestras ganas inmensas de crear a la consecución de recursos. Recuerdo el debate sobre si la escuela de Cine y Televisión debería estar en la facultad de Artes o en la de Humanidades. Ojala no terminemos en la facultad de Ciencias Económicas.
Luís Alexander Díaz Molina
El Diablo Fu

